Mi forma de verlo:

Extraordinario artículo de Enrique Campos publicado en el JotDown, no solo por la sublime manera que él tiene de narrar, que también, pero, principalmente, por la relevancia de lo descrito en su prosa ácida y punzante.

Una manera cercana y a la vez, muy precisa de desentrañar cómo nuestro cerebro construye la realidad (para cada uno, la suya) y cómo no podemos evitar justificarnos alegando nuestra lógica particular. Aquí, como siempre, unas pinceladas para ir abriendo boca. Hay parte II, estén atentos.

Recopilación:

Significa que nuestro cerebro es una máquina de generar patrones y secuencias. Estamos predispuestos a ver orden y sentido en el mundo que nos rodea, y todo aquello que nos cuesta entender, el caos, lo que no parece tener sentido, nos produce desasosiego y frustración. Como consecuencia de esta compulsión por clasificar y etiquetar tendemos a ver orden donde no lo hay, detectamos patrones a los que otorgamos un significado o una explicación donde sólo están operando los dados con los que Dios practica en su casino.

Pero esta tendencia no es ni mucho menos una falla en nuestra cognición. De hecho, detectar patrones es precisamente lo que nos permitió bajar del árbol para llegar a ver en YouTube vídeos de discípulos de Jackass. Esa capacidad era básica para nuestros ancestros, a falta de registro alguno o de cualquier otro sistema de análisis. El problema es que el cerebro humano continúa buscando (y encontrando) patrones ahora como hace medio millón de años, y ahora, a diferencia de hace medio millón de años, ni necesitamos ordenar con urgencia lo que nos rodea —en general todo está ya bastante ordenado y clasificado— ni carecemos, como el humano primitivo, de herramientas o estrategias analíticas. Confiamos demasiado en nuestro cerebro, como si aún tuviéramos que decidir, en cuestión de minutos, por dónde escapó la gacela.

Somos expertos en patrones y, sobre todo, somos expertos en explicarnos a nosotros mismos el porqué de esos patrones. En cuanto sospechamos que se está produciendo un fenómeno equis no nos cuesta demasiado dar con argumentos que lo sostengan.

Por lo que parece, vivir consiste en explicar y justificar para dar coherencia a lo que creemos que es coherente (o dar incoherencia a lo que creemos que es incoherente). Todos somos maestros de la explicación y la justificación;

La necesidad de confirmación:

Somos perezosos. En general, nos gusta que nos señalen la línea de puntos que tenemos que unir con el lápiz. Pensar y razonar es un ejercicio a veces más agotador que la zumba, por lo tanto es del todo comprensible buscar la salida más fácil, o más obvia. Teniendo en cuenta, además, como expone Gilovich, que la mayoría de creencias que llevamos en la mochila se basan en la relación entre dos variables —Dios existe o no existe, perder o ganar, la homeopatía funciona o no funciona—, ambos factores, el binario y la vagancia —y, como veremos más adelante, «querer creer»—, nos conducen a menudo a extraer conclusiones equivocadas a partir de escenarios o explicaciones que nos privan de buena parte de la información necesaria.

En lo tocante a las creencias erróneas, lo que la búsqueda incansable de confirmación, en detrimento de la búsqueda de refutación, hace con nosotros es conducirnos a detectar relaciones o correlaciones que en realidad no se están dando o se están dando solo en parte.

Con un buen cóctel de pequeños indicios, no importa los vagos que sean, y algo de voluntad por creer, adaptaremos casi cualquier fenómeno a nuestra lógica personal. Y tendrá todo el sentido.

Si hemos creído en algo durante toda nuestra vida y durante toda nuestra vida nos hemos encargado de hacer acopio de argumentos que sostengan esas creencias lo lógico es que adoptemos una postura de total escepticismo ante observaciones o datos que cuestionen esas creencias y que aceptemos sin demasiados miramientos supuestas evidencias que las apoyen. En defensa de esas ideas veremos siempre lo que esperamos ver, o lo que queremos ver, y descartaremos lo que no queremos saber.

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