Mi forma de verlo:

El cerebro humano necesita confirmar lo que entiende como realidad, y por ello tendemos a infravalorar las pruebas que contradicen nuestras creencias o a sobrevalorar aquellas que las confirman. Nuestro cerebro, no puede sostener la incongruencia, así que hará todo lo posible para justificarse.

El problema radica cuando identificamos nuestras creencias con nuestra identidad. Si es así, cambiar de opinión significa cambiar algo de nuestra identidad, cosa que no podemos asumir. Ozan Varol lo explica maravillosamente, aquí un esbozo de su artículo.

Recopilación:

Como resultado de la inclinación del ser humano a la confirmación, tendemos a infravalorar las pruebas que contradicen nuestras creencias o a sobrevalorar las que las confirman. Descartamos las verdades incómodas y los argumentos esgrimidos por la otra parte. Como resultado, nuestras opiniones se van asentando y cada vez nos resulta más difícil alterar los patrones mentales establecidos.

La clave consiste en engañar a la mente dándole una excusa. Convéncete (a ti o a un amigo) de que tu decisión o creencia previa era la correcta porque se basaba en la información que tenías, pero ahora que los hechos subyacentes han cambiado, también debería hacerlo la mente.

No somos nuestras creencias, y ahí reside precisamente el problema. Cuando nuestras creencias se confunden con nuestra identidad, cambiar de opinión significa cambiar de identidad. Y eso no es fácil.

Los seres humanos funcionamos a frecuencias distintas. Cuando alguien no está de acuerdo conmigo, no es porque el otro esté equivocado y yo tenga razón, sino porque él cree en algo en lo que yo no creo.

Hay que salir de la “cámara de ecos”: tenemos que creer profundamente en nuestras ideas, pero también tenemos que estar dispuestos a cambiar de opinión cuando los hechos se presentan de manera distinta.

Al fin y al cabo, hace falta valentía y determinación para ver la verdad y no lo que nos conviene, pero vale la pena hacer el esfuerzo.

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