Mi forma de verlo:
"Del amor que hablen los poetas", título de un artículo de Lola Morón publicado hace ya algún tiempo en el País Semanal, bien podría ser perfectamente el epígrafe de esta magnífica reflexión de Emiliano Bruner. Porque a pesar de que su exposición es distinta, llegan a conclusiones muy similares. Y es que la ciencia aplicada tiene claras limitaciones al tratar de definir ciertos aspectos complejos y cruciales de la vida. Cómo el amor.

Y aunque conceptualmente bien podemos distinguir claramente entre el enamoramiento, "esa sobredosis bioquímica y emocional -quizás la más fuerte que nuestro cerebro sea capaz de generar sin ayuda de drogas exógenas- cómplice la oxitocina, la dopamina, y todo un cóctel de moléculas que generan una respuesta comportamental increíblemente parecida a lo que clínicamente caracteriza un trastorno obsesivo-compulsivo" y la relación de pareja "que es algo más bien a largo o medio plazo, donde en lugar de un subidón dopamínico se instaura un clímax más estable que se balancea delicada y continuamente entre biología, psicología, cultura y la rutina de la vida cotidiana, tambaleándose entre esperanzas y expectativas, entre afinidades y diferencias, entre unión y contraste." 
 
Aunque podamos reconocerlos, no podemos aplicarlos. No de forma efectiva, ya que la fórmula del éxito es indescifrable. Bruner desmonta de manera ilustrada la absurda utopía de pretender crear un algoritmo que pueda desvelar la compatibilidad de una pareja, de un vínculo fructífero.

¿Cuál es su argumento? No es uno, sino varios, y aplastantes. Les invito a seguir leyendo.

Con todo mi pesar a los que con fe y alevosía, confían a una app el éxito de este milagro.

Lo dicho, del amor, que hablen los poetas.
 
Recopilación:
Cuenta el hombre enamorado
sus tristezas a la luna
sin saber que es gran fortuna
sufrir por una mujer,
y que no hay peor padecer
que no sufrir por ninguna.
(Si sabís templar las cuerdas – Cueca cuyana)

En la película Her (realmente excelente, de 2013), Theodore (Joaquin Phoenix) se enamora de su sistema operativo, programado con algoritmos que le hacen evolucionar según las necesidades de su usuario humano. En Zoe (una película del 2018, genial en la idea de fondo pero luego torpemente apañada en su ejecución), Cole (Ewan McGregor) se enamora de una criatura sintética que él mismo ha creado para su empresa con el objetivo de diseñar parejas infalibles que se adaptan a tus exigencias, y que «nunca te dejarán». Casi una versión romántica y ciberorgánica de Frankenstein, o de Pinocho. Mientras tanto, fuera de su laboratorio, la gente se machaca con una nueva droga que simula los efectos del enamoramiento, incluso (y sobre todo) con desconocidos. No es una casualidad que Theo y Cole tienen una edad algo parecida (¡la crisis de los cuarenta!) y vienen de separaciones no resueltas. Somos primates sociales, y la única cosa que nos aterroriza más de la muerte es la soledad. Como primates sociales necesitamos esas descargas hormonales cerebrales que nos proporciona el pertenecer a un grupo (sobre todo las endorfinas, que comparten su estructura con el opio y con sus drogas derivadas). Y estamos dispuestos a lo que sea para no quedar fuera del rebaño.

Pero no cabe duda de que nada puede competir con la tremenda sobredosis bioquímica y emocional del enamoramiento, cómplice la oxitocina, la dopamina, y todo un coctel de moléculas que generan una respuesta comportamental increíblemente parecida a lo que clínicamente caracteriza un trastorno obsesivo-compulsivo. En Wikipedia se define el término limerencia como «un estado mental involuntario resultado de una atracción romántica por parte de una persona hacia otra […] combinada con una necesidad imperante y obsesiva de ser correspondido de la misma forma». Es una condición incontrolable de total dependencia emocional y atencional. No cabe duda que, como en la película, la primera empresa que logre sintetizar la píldora adecuada se forrará. Luego, como siempre ocurre con las drogas, los excesos y los efectos secundarios la destinarán al mercado negro y a la criminalidad organizada, que funcionan igual que las multinacionales farmacéuticas pero sin las garantías y los controles sanitarios de las normas comunitarias.

Her y Zoe presentan entonces dos aspectos de nuestra programación cognitiva y evolutiva que aparentemente van de la mano, pero sin embargo se refieren a procesos muy pero que muy distintos, procesos que se retroalimentan generando una enorme confusión cultural y sentimental, antecámara de las crisis decenales: el enamoramiento por un lado, y la relación de pareja por el otro. En el primer caso, como hemos dicho, es nada más y nada menos que una sobredosis bioquímica. Quizás la más fuerte que nuestro cerebro sea capaz de generar sin ayuda de drogas exógenas. Estudios sobre el amor, de Ortega y Gasset, es una lectura exquisita para sentirse perfectamente identificados en el cuadro de la patognomónica romántica. Quien ha experimentado sus efectos, sueña eternamente con volver a vivirlos. Y quien no ha tenido la suerte de saborearlos, se queda con el perpetuo tormento de añorar lo que nunca ha llegado a sentir. Pero esto es, una sobredosis bioquímica, hipnosis psicofisiológica inducida por otra persona, por un impecable muñeco, o por una apropiada pastilla sintética.

Este chute cerebral es desde luego muy distinto de lo que viene a ser una relación de pareja, que es algo más bien a largo o medio plazo, donde en lugar de un subidón dopamínico se instaura un clímax más estable que se balancea delicada y continuamente entre biología, psicología, cultura y la rutina de la vida cotidiana, tambaleándose entre esperanzas y expectativas, entre afinidades y diferencias, entre unión y contraste. Además suelen entran en juego los papeles sociales, las limitaciones del entorno y del contexto, y muchos factores que son aparentemente externos a la relación en sí misma, pero que acaban siendo parte integrante y determinante de ella. Sin embargo, esas dos películas, así como miles de libros de autoayuda, psicología positiva o crecimiento personal que se han publicado desde el pionero Self-Help (1859) de Samuel Smiles y pasando por el legendario Tus zonas erróneas (1976) de Wayne Dyer, llegan a la misma conclusión: no buscamos a alguien por sus cualidades, sino por la respuesta que estas cualidades (verdaderas o imaginarias) generan en nosotros mismos. Más que la relación, buscamos el efecto que esta relación nos estimula o, a lo mejor, el efecto que nosotros mismos producimos a raíz de esta relación. De aquí, la generación de una dependencia, que pone incautamente nuestra propia felicidad en manos ajenas. 

No cabe duda de que el enamoramiento puede ser un cebo potente para luego establecer el vínculo de pareja, y tenemos en la literatura científica unas cuantas especulaciones evolutivas sobre cómo y por qué la selección natural ha organizado la trampa neuroquímica para garantizar una estructura social efectiva a la hora de cuidar la inversión genética. Pero está claro que, aunque a veces son dos mecanismos de una misma cadena, el enamoramiento y la relación de pareja se sujetan en procesos muy distintos, y pueden generar bastante confusión a la hora de enredar sus efectos. Y esto vale en particular para el primate humano, el mono espabilado que ha logrado separar sexo y reproducción, desanclando potencialmente el afán reproductivo de su cebo sexual. A pesar de nuestra compleja trayectoria evolutiva, la sensibilidad a los chutes hormonales de la limerencia puede que no haya cambiado mucho, porque depende de una base más orgánica. Pero sin embargo las relaciones de pareja se han complicado sensiblemente, porque dependen de todo ese enmarañado sistema socio-cultural que hemos ido desarrollando en doscientos mil años de rápida evolución. Los dos aspectos, uno algo más biológico (el enamoramiento) el otro más cultural (la relación de pareja), se han ido desajustando y alejando, hasta generar incompatibilidades, y unas cuantas paradojas.

Ahora bien, tenemos que reconocer que, a pesar de las dificultades que estos desajustes pueden generar, es probable que por el momento es más lo que hemos ganado que lo hemos perdido, a la hora de desanclar la relación de pareja de las prioridades tajantes y a menudo crueles de la evolución. Si es verdad que los conflictos sentimentales y familiares hoy en día son pan cotidiano (¡y recurso económico inagotable!) para psicólogos y psiquiatras, es también verdad que delatan una situación de libertad y de apertura sin precedentes, por lo menos en nuestra sociedad occidental. En nuestro pasado reciente, una aparente estabilidad en las relaciones románticas y sentimentales estaba en realidad a menudo vinculada a frustración y resignación, sin considerar los abusos y las secuelas de una contundente dosis de incultura. Ahora, habría que velar que la cosa no se desmadre demasiado, que la libertad no sea solo potencial sino efectiva, y que la rápida evolución cultural no se choque con violencia contra los tiempos lentos de los cambios biológicos.

En una época global, el grupo social —fundamental para el primate humano— se difumina y se diluye entre cables y avatares, dejando una frontera muy borrosa entre relaciones verdaderas y presuntas, reales y deseadas. Asimismo, más allá de las limitaciones biológicas, también el tiempo sigue siendo una constante inamovible, y marca los límites de un día a día que no da de sí si continuamos queriendo alcanzar todo lo que todavía no hemos alcanzado en una vida. Entre los que huyen de un etéreo pasado y los que anhelan un imaginado futuro, el presente se suele quedar frecuentemente desatendido, o parcheado por sucedáneos edulcorados que alivian necesidades de repuesto. Los mitos postizos de nuestra nefasta narrativa romántica y del marketing de consumo hacen el resto, entregándonos modelos virtuales que ya no sabemos distinguir de las saludables prioridades de nuestra vida real. En este batido de estímulos conflictivos entre biología y cultura, es normal que al final triunfen las plataformas que, código mediante, te encuentran pareja con un criterio estadístico basado en la ley de los grandes números. Lo cual nos lleva a la pregunta del millón, evadida por las dos películas que hemos mencionado: ¿cuál es el algoritmo que puede desvelar la compatibilidad de una pareja?

Quien quiera enfrentarse al reto tendrá que resolver por lo menos tres aspectos. Primero, establecer cuáles pueden ser los parámetros y las variables detrás de esta compatibilidad. A bote pronto uno puede pensar en los aspectos culturales o morales de los individuos, pero evidentemente la cosa podría no ser así de sencilla, porque están las emociones de por medio, que derriban despiadadamente las razones de la lógica.

Segundo, habrá que definir cómo cuantificar estas variables, y la cuestión no es nada trivial porque si quiero apoyarme en los números necesito criterios de medición que funcionen bien. Las variables nominales (es decir, por grandes categorías, como sexo, trabajo, o aficiones) pueden funcionar, pero son las variables continuas (es decir, las que miden el grado de ciertas cualidades) que ceban oportunamente un modelo numérico, algo muy difícil de computar a la hora de valorar inquietudes y miserias de cada uno.

Tercero, habrá que establecer los criterios del famoso algoritmo que decide si y cuánto dos perfiles son compatibles. Automáticamente, pensamos que la compatibilidad entre dos personas es proporcional al grado de similitud, pero está claro que es una simplificación poco cautelosa. De hecho, muchas veces son los opuestos los que se atraen, y los semejantes los que se rechazan. Lo que cuenta en una relación es el encaje, esa combinación única y compleja de rasgos diferentes pero que se complementan, y que precisamente en virtud de las diferencias generan una conexión potente. Sin considerar que las verdaderas relaciones, las que van más allá de la superficie y entran en lo profundo, te cambian. Creo que ha sido Carl Jung quien dijo que «el encuentro de dos personas es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman». Así que la pareja tiene funciones emergentes que un algoritmo tendrá que aprender a considerar, sin hacerse demasiadas preguntas y confiando en las capacidades más empíricas de un sistema experto con una buena dosis de apertura mental. 

La cupiditas era, en latín, el deseo, el ansia, y la pasión. Y el cupidus era, por ende, el deseoso, el ansioso, el apasionado. A pesar de ser un sentimiento noble, y que debería de ser libre de los condicionamientos ajenos, al final en la vida cotidiana el amor (o más bien el conjunto de sentimientos muy heterogéneos y subjetivos que solemos etiquetar con este nombre) se acompaña a menudo con ansia, y el ansia genera sufrimiento. Los números bailan en función de las fuentes, pero se estima que en España un 60-70 % de los matrimonios acaban en una ruptura. Y no sabemos qué tal les va a los 30-40 % que aguantan. A estas alturas, está claro que la pareja neolítica es bastante incongruente en un sistema cultural que por un lado ha alcanzado una consciencia individual mucho más profunda y libre, y al mismo tiempo una consciencia social mucho más compleja, pero confusa y ambigua.

Desde luego, no hay algoritmo que pueda funcionar, si buscamos en el otro algo que en realidad solo podemos encontrar en nosotros mismos. Antes de considerar la afinidad con alguien, habría de hecho que preguntarnos si la tenemos con lo que somos, y, en caso de duda, invertir tiempo en conocernos mejor. Desde luego hay momentos en que necesitamos apoyarnos en quien confiamos, pero estos momentos deberían de ser la excepción, y no la regla por defecto de nuestra existencia. Lo hermoso de nadar con alguien en el mar de la vida, ya sean parejas, padres, hijos o amigos, es hacerlo juntos, sin que nadie tenga que utilizar al otro como flotador para no ahogarse. Lo cual requiere, antes de meterse en aguas demasiado profundas o turbulentas, la delicada tarea de aprender a nadar solos.

 

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