Mi forma de verlo:

En su constante reflexión sobre la existencia humana, el polifacético Pablo D'Ors, conocido por muchos por su Biografía del silencio, defiende que hemos venido a este mundo a crecer y a servir, pero la clave de esta fórmula magistral es hacerlo disfrutando.

Para crecer -para aprender- hay que autoconocerse, es inevitable. Para servir; compartir ese conocimiento, un toma y daca. Y la vara de medir que nos dirá si lo estamos haciendo bien, es cuando gozamos al ejercer ambos. Pareciera fácil.

Pero de esta entrevista, que no tiene desperdicio, yo me quedo con su definición de aceptación, que me parece la más bella y a su vez completa qué he leído. La acción de aceptar, él la divide a su vez en otros dos verbos: Respetar y asumir.

Respetar, en el sentido de admitir lo qué sucede fuera, sin intervenir.

Asumir; hacerse cargo de lo qué nos pasa dentro, auto-responsabilizándonos.

El arte de la aceptación radicaría entonces en saber qué nos corresponde respetar y qué nos corresponde asumir. Muchos somos los qué nos cuesta discernir la diferencia y en eso también radica la sabiduría de un buen vivir.

¿Y cómo es más fácil vivir? Confiando. Siempre es más fácil si confías. Ya sea en el amor, en la vida, en la comunidad, en la sincronicidad, en algo superior a ti.... Pero si confías, encaras la vida y la atraviesas con una actitud receptiva y abierta y, sea lo qué sea qué te acabe sucediendo, vas a saber encontrarle un sentido. Se puede vivir sin confiar, por supuesto, pero peor. Confiemos pues.

 

Recopilación:

El sacerdote español Pablo d’Ors (Madrid, 1963) se ha convertido en un hito del ensayo español con su aclamado libro sobre la meditación y el recogimiento: Biografía del silencio (Siruela, 2012, reeditada por Galaxia Gutenberg), que con 300.000 lectores es un best seller internacional. Católico, fue ordenado en 1991 y, tras formarse junto a Franz Jalics, sacerdote jesuita y autor de libros espirituales, fundó un grupo de contemplación: Amigos del Desierto. Su obra se ha emparentado a la de Hermann Hesse o Stefan Zweig e incluye El estupor y la maravilla, un homenaje a lo pequeño, o Biografía de la luz, un manual religioso de la interioridad.

Ahora, el nieto del intelectual Eugenio d’Ors regresa con Los contemplativos (Galaxia Gutenberg), en el que ofrece relatos que quieren enseñarnos a vivir y a morir, “que, en definitiva, es lo mismo”, sostiene. Nos reunimos en Madrid en una cargada salita del hotel Santo Mauro poco antes de que el autor se reúna con una treintena de libreros madrileños. Está entusiasmado.

PREGUNTA. Su nueva obra aborda el autoconocimiento.

RESPUESTA. Como todos mis libros nace de la lectura de otro libro, en este caso de Ejercicios de contemplación, de mi maestro Franz Jalics, en el que aborda lo que es la lectura interior y el poder de transformación que tenemos los seres humanos. Sentí que eso que él contaba de manera ensayística, como pensamiento, merecía contarse de manera narrativa.

P. ¿Qué quiere lograr con el libro?

R. Al igual que Murakami o Kundera, lo que intento hacer es una reflexión sobre la existencia humana. Venimos a este mundo para crecer y para servir. Y ambas cosas hay que hacerlas disfrutando, de ahí las tres palabras: crecer, servir y disfrutar. Para ser cada vez mejor hay que conocerse, por eso la importancia del autoconocimiento. Servir, en el sentido de que no debemos quedarnos las cosas, de que tiene que haber siempre un flujo de ida y vuelta en la vida. Y el criterio de que estamos haciéndolo bien es que disfrutamos.

P. Tras esta entrevista vuela usted a Ecuador y durante el próximo mes visitará México, Miami, y luego Colombia, Costa Rica… Cómo casa esta rutina con el silencio del que habla.

R. En realidad, soy un soldado y un monje. Desde que escribo sobre silencio no paro de hablar. Y tengo una vocación muy nómada y este impulso de salir, de comunicar. Soy un transmisor, un ministro de la palabra, si nos ponemos a lo grande. Pero yo llevo el monasterio dentro, allí donde estoy sigo con mi práctica de manera casi inalterable, medito una hora mañana y tarde, y lo vivo en esta realidad itinerante.

P. ¿Qué encontró en el silencio?

R. El sentido fundamental de la práctica del silencio es el autoconocimiento. Sentarse en silencio es como ponerse ante un espejo y normalmente al hacerlo nos escapamos, nos asustamos, no nos gusta lo que encontramos. Eso es porque tenemos mucho ruido que nos desasosiega. Pero si uno consigue perseverar va transitando por distintos estados de ánimo. A lo que ayuda el silencio es a no identificarse con las emociones. Yo puedo sentir alegría, tristeza, envidia, entusiasmo, pero yo no soy eso. Eso viene y va, pienso hoy una cosa y mañana otra. También, no identificarse con el cuerpo, ni con la mente. Yo no soy esta corporeidad ni esta mente radicalmente. Yo estoy aquí en este cuerpo con esta mente, pero hay algo más allá de esto. ¿Qué es?

P. Dígamelo usted.

R. Hay un parloteo interior, un diálogo que tienes contigo mismo, pero también hay un testigo, alguien que mira ese diálogo. Ese testigo es lo que tú eres, ese que es capaz de, por ejemplo, ver cómo te enfadas. Y eso es la conciencia. Lo más radical.

P. Usted empezó a meditar a los 20 años. ¿De qué forma ha cambiado su percepción?

R. La práctica de la meditación te ayuda a aceptar la realidad tal cual es. A respetar y a asumir. Respetar significa hacerte cargo de lo que sucede fuera, sin intervenir. Y asumir significa hacerse cargo de lo que nos pasa dentro, autorresponsabilizándonos. Respetar y asumir. Es decir, aceptar.

P. ¿Lo logra diariamente?

R. Pues cada vez más, francamente. Puedo decir que disfruto de una gran confianza en la vida, que para mí significa confianza en Dios, en quien creo, y en mí mismo y en los demás, que en definitiva es la misma confianza. Por supuesto, soy azotado por cualquier adversidad, pero el trabajo interior ayuda a que las emociones no se apoderen de mí.

P. ¿Ve usted muchas diferencias entre creer y no creer?

R. Para mí la gente no se divide en creyente o no. Se divide en despiertos y dormidos, quienes de alguna manera confían y quienes no confían. ¿Es diferente confiar en la vida o no hacerlo? Para mí es muy distinto. Si confías vas con una actitud abierta.

P. ¿Los no creyentes no van con esa actitud?

R. R. Si ellos confían… Yo no hablo de creencia. Confianza en la vida, confianza en Dios, en uno mismo, en los demás… Dios para mí no es otra cosa que el fundamento radical de la confianza. ¿Por qué podemos confiar? Pensando que todo tiene un propósito de amor, que las cosas no son arbitrarias sino que obedecen a un sentido. Si piensas que la vida tiene un sentido de amor, puedes confiar; si crees que es casual, entonces es más difícil hacerlo. Si confías, sabes que todo lo que te va a pasar, aunque tenga un aspecto malo, en el fondo es bueno. Esa es la diferencia fundamental.

P. Muchos abordan la idea de Dios desde el porqué de la existencia.

R. Tú puedes creer que estamos aquí por casualidad o porque el universo es inteligente y providente, que cuida de la humanidad, de las galaxias… A eso es a lo que los creyentes llamamos Dios. Es decir, la hipótesis de la pura humanidad es una hipótesis legítima, y por eso hay gente que es atea o agnóstica, pero la hipótesis de la existencia de Dios no solamente es legítima, sino que es la mayoritaria: más del 90% de la humanidad cree en Dios. El tema de la no-creencia es una cosa fundamentalmente europea y todavía muy minoritaria.

P. ¿Cómo es la línea que separa la religión de la meditación? ¿Existe?

R. La meditación nace en un contexto religioso. Es ahora cuando ha empezado a desligarse con lo que llamamos mindfulness. Muchos están empezando a meditar sin una fe detrás, aunque en realidad surge de contextos religiosos. Pero se puede practicar sin una fe particular.

P. Afirma usted que ve similitudes entre la meditación y la escritura.

R. Ambas son ejercicios y tienen que ver con la escucha de lo profundo de uno mismo. Una trabaja con el silencio y otra con la palabra. Pero ambas están profundamente vinculadas. Nosotros estamos hablando ahora, pero sobre un fondo de silencio. Es el silencio entre palabras y entre frases lo que permite que haya comunicación.

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