Mi forma de verlo:

La mentira tiene una función evolutiva, está ahí dónde hay vida, "hasta las flores mienten". Lo que pasa es que los humanos, gracias al desarrollo del pensamiento simbólico, que nos permite imaginar algo que no existe en la realidad, hemos aprendido a mentir más y mejor.

Básicamente para sobrevivir. Pero no solo sobrevivir del riesgo del otro, sino de nosotros mismos: Las metáforas, los símbolos, las conjeturas y las mentiras, nos permiten sobrellevar la incertidumbre, porque necesitamos aferrarnos a la mentira de que la vida tiene algún sentido.

Hasta la idea de nuestra propia identidad es ficticia, un autoengaño necesario: "mentimos y nos mienten porque queremos que nos quieran y nos reconozcan".

La construcción de nuestro personaje, que va alterando su propia memoria añadiendo lo que queremos pensar de nosotros mismos, es una manera de darle lógica a lo que nos sucede y quienes somos. Pero ojo, es una arma de doble filo, ya que acabamos siendo lo que nos contamos de nosotros mismos, aunque sea mentira.

Pero todos estamos rodeados de pequeñas mentiras, y las necesitamos, "el consuelo es que no todas las mentiras son malas. Hay mentiras que nos hacen mejores".

¿Cuáles? Sigan leyendo la entrevistaJuan Jacinto Muñoz Rengel, filósofo, escritor y director de la Escuela de Imaginadores, que acaba de publicar Una historia de la mentira.

Recopilación:
Juan Jacinto Muñoz Rengel, filósofo, escritor y director de la Escuela de Imaginadores.
 
Tengo 46 años. Nací en Málaga y vivo en Madrid. Casado. Tengo una hija. Soy doctor en Filosofía. Fundé y dirijo la escuela de escritura Imaginadores. Pertenezco a una izquierda idealista y decepcionada. Estamos incapacitados para saber lo que hay más allá de nuestra percepción, así que soy agnóstico

 

El simulacro de la realidad

Arrancó su carrera literaria con una novela: El gran imaginador . Veinticuatro años después vuelve sobre el tema con un ensayo, Una historia de la mentira (Alianza). Nos explica que la mentira es celular, está en todas partes donde hay vida. Mucho antes de que los humanos nos desarrolláramos , la naturaleza ya se servía del engaño para sus planes. “Somos seres ficcionales, seres metafóricos, y todo intento de conocernos a nosotros mismos o de comprender el mundo que hemos construido debe comenzar por este punto. Y, acaso, lo único que podemos hacer en adelante sea poner un poco de orden entre nuestras ficciones”. Y para que no nos asustemos nos cuenta una mentira: “Quizá, una vez trascendida la ilusión de la identidad, lo único que importe sean las ideas que dejamos”.

 

Cuál es la verdad de la mentira?

Todas las mentiras contienen un poquito de verdad, es una cuestión de grado. En realidad, con nuestras mentiras intentamos acercarnos a la verdad.

Suena contradictorio.

El concepto de verdad que nos han infundido es erróneo. La verdad es algo inalcanzable. Nos movemos con conjeturas e hipótesis.

Una hipótesis no es una mentira.

Desde el momento en que apareció el pensamiento simbólico, desde que los humanos fuimos capaces de imaginar algo que no está en la realidad, creamos ese abanico de metáforas, símbolos, conjeturas y mentiras.

Pero los animales y los vegetales también engañan.

Mienten hasta las flores. Las plantas tienen sistemas de engaño muy sofisticados, y los animales mienten mediante el camuflaje, se hacen los muertos, se hinchan para impresionar al otro...

Incluso los microbios nos engañan.

La mentira está ahí donde hay vida, lo único que ocurre es que nosotros los humanos hemos aprendido a mentir más y mejor.

¿Mentimos para sobrevivir?

Sí, la mentira es un rasgo evolutivo que nos ha permitido vencer al león. Y gracias a la mentira podemos ser seres sociales.

¿Mi propia historia es una ficción?

La idea de identidad es ficticia; esa manera de darle lógica a lo que nos sucede, esos recuerdos que a menudo no son ni nuestros pero que hemos hecho nuestros...

...Eso que nos contó nuestra madre que hacíamos de niños.

Sí, y que creemos recordar. A esa memoria alterada añadimos lo que queremos pensar de nosotros mismos. El mecanismo de autoengaño está muy presente en la elaboración de la identidad. Todos nos creemos mejores de lo que somos.

Nos construimos un personaje.

Un personaje mucho más volátil e inestable de lo que pensamos. Hay que estar al tanto, porque esas mentiras que nos contamos construyen nuestro día a día y acaban conformándonos.

¿Cómo evitarlo?

Pensando. Si hay algo que defina nuestro tiempo es que pensamos muy poco. Tenemos más información que nunca y por tanto más mentiras que nunca. La gente lee en diagonal, busca ­titulares porque está más interesada en opinar que en formarse.

Los sofistas ya enseñaban a mentir.

En la polis griega se dieron cuenta de que la retórica era más importante que la verdad y crearon escuelas para enseñar a mentir que con los años se han perfeccionado. Hace 30 años nos extrañábamos de que los políticos tuvieran un departamento de marketing que les dijera cómo hablar, cómo moverse y qué decir.

A mí todavía me chirría.

Es que no deja de ser curioso que uno de los mayores instrumentos de nuestros representantes políticos sea la mentira.

Decía Hitler que las grandes masas sucumben más fácilmente a una gran mentira que a una pequeña.

En periodos difíciles la masa prefiere una bonita y gran mentira que enfrentarse a la verdad. Pero todos estamos rodeados de pequeñas mentiras, y las necesitamos, mentimos y nos mienten porque queremos que nos quieran y nos reconozcan.

Quizá la única verdad es la incertidumbre.

Creemos que este mundo es seguro y que la ciencia lo sustenta. Hay que acostumbrarse a la incertidumbre y no demandar certezas que son un imposible.

La posverdad ¿es la gran mentira posmoderna?

No hay nada que haga distinta la mentira de hoy de la de hace siglos. Antes de la invención de la imprenta ya había campañas internacionales de difamación e invención de noticias. Ahora se han multiplicado debido a los medios digitales.

Si todo es mentira, ¿qué nos queda?

El consuelo de que no todas las mentiras son malas. Hay mentiras que nos hacen mejores. Una buena novela es una mentira alimenticia.

Todo sale de la realidad.

Pero con el filtro de la subjetividad. El amor es otra gran mentira, la naturaleza nos ha manipulado genéticamente para que nos reproduzcamos y cuidemos de nuestras crías mientras están indefensas. Durante cuatro o cinco años no vemos los defectos del otro, es un engaño.

Una ilusión.

Nos queda mucha labor por delante de clasificación y ordenación de esta maraña de mentiras que cada vez tejemos a mayor velocidad.

Entonces, cuando llega la muerte, ¿le acompaña el desengaño existencial?

Cuando te desenamoras te preguntas qué hacía yo con esa persona. De la misma manera, cuando afrontas la muerte con cierta consciencia te das cuenta de que todo lo que has vivido ha sido un teatro. Nos aferramos a la mentira de que ­esto tiene algún sentido.

La mentira es muy desestabilizadora.

Porque no hemos tomado conciencia de cómo funcionan las cosas. Somos equilibristas, debemos reconocer que estamos en la cuerda floja.

¿La peor mentira que nos contamos?

Cualquiera que produzca un daño en ti mismo o en otros.

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