Mi forma de verlo:

Confieso que no he leído el libro "Todo Cuenta", pero que ya tengo ganas de hincarle el diente solo de recorrer esta entrevista a Diana Orero. Para ella, como para Elie Wiesel, las personas se convierten en los relatos que escuchan y en los relatos que cuentan.

Quizás, entonces, la máxima libertad reside en elegir qué pensar, qué recordar, y qué elegimos narrarnos. Aparentemente todos tenemos ese poder, pero se nos olvida utilizarlo.

"La única diferencia entre la esperanza y el miedo es la historia que te cuentas de lo que crees que va a pasar"

Las historias que nos contamos, sobre el mundo, el otro, sobre nosotros, no cambian la realidad, pero sí la percepción de la realidad, y "al cambiar la percepción cambiamos nosotros, y al cambiar nosotros, de alguna manera, cambia la realidad."

Yo ya me he pedido el libro, mientras tanto, disfrutad de la entrevista.

Recopilación:

La magia de las palabras

Es especialista en comunicación y pensamiento creativo y, haciendo gala de ello, prefiere definirse como una domadora de palabras. Su empresa se llama Stellium. Dice que no hay palabras inocentes y que no deberíamos ser inocentes al escogerlas. “Puedes acariciar a la gente con palabras”, decía Scott Fitzgerald, y también dañarla. Ha escrito un libro precioso sobre el poder de las historias, Todo cuenta (Letrame). Como Elie Wiesel, está convencida de que las personas se convierten en los relatos que escuchan y en los relatos que cuentan; y que las palabras crean realidad, por eso su ilusión es compilar un nuevo vocabulario para una nueva realidad. Además de palabras colecciona “prefieros”, que cuelga en la red: “Y ahora la gente se ha sumado. Son preciosos”.

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Yo tengo enchufe en el cielo.

¿Y eso?

Cuando mi madre murió yo tenía 14 años y estaba leyendo Paula, de Isabel Allende, la novela en la que narra la muerte de su hija.“Mi hija se está convirtiendo en ángel” escribe. Hay un antes y un después en mi vida tras leer esa frase.

¿Esa frase la consoló?

Sí, elegí pensar que todo el mundo tenía a su madre en casa y que yo la tenía en todas partes. Basé mi autoconfianza en la esperanza en vez de en la realidad, pero funcionó en la realidad.

Colecciona usted palabras.

Me encantan. Mis amigos cada vez que descubren una palabra curiosa me la cuentan para que la incluya en mi repertorio. Las que más me gustan son las estrellas polares, las que dan dirección. Me encanta la palabra todavía .

Cuénteme.

En un periodo oscuro, mi amiga Carmen fue a una revisión ginecológica. El médico le pre­guntó qué había estudiado. Ella le dijo que no había acabado la carrera. “Todavía”, contestó él. Le preguntó en qué trabajaba, “No tengo tra­bajo”... y él volvió a repetir: “Todavía”. Fi­nalmente le preguntó si tenía pareja, y una vez más ella le dijo que no, y él repitió: “Todavía”.

Le curó el alma.

Todavía se convirtió en su palabra talismán. Hay una escuela en Chicago que también es consciente del poder de esta palabra y en lugar de suspender a los alumnos los califican con un “todavía no”. Es bonito y esperanzador, e incluso mágico, pensar que si algo no ha acabado bien, es que no ha acabado todavía.

Somos las historias que nos contamos.

No es lo mismo contar una historia desde la herida que desde la cicatriz, dice Catherine Burns, experta en storytelling . El 90% de la gente cuando le preguntas cuál es su problema te habla de otra persona.

Interesante observación.

Las historias dan o quitan poder, y si yo estoy hablando de otra persona le estoy dando a ella el poder y restándomelo a mí.

Bien visto.

A Steve Jobs sus padres no le dijeron “te adoptamos” sino “te elegimos”. La única diferencia entre la esperanza y el miedo es la historia que te cuentas de lo que crees que va a pasar. Si te lo cuentas desde la curiosidad no vas con miedo. Eso es el tono: como en una melodía, marca el ritmo de un estado de ánimo.

A veces las cosas no salen bien.

Woody Allen dice que la única diferencia entre una comedia y un drama está en dónde pones el punto final. Leí una historia preciosa sobre un viejito desconsolado porque había enviudado.

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Su interlocutor le preguntó cómo se sentiría su mujer si él hubiera muerto antes. “Tiene razón –dijo el viejito secándose las lágrimas–, me alegro de que ella haya muerto antes”.

Todos deberíamos volver por la noche a casa con una historia bajo el brazo.

Hay tres grandes tipos de historias. Las que nos contamos sobre el mundo, las que nos contamos sobre los demás y las que nos contamos sobre nosotros mismos.

Esas últimas son las que nos construyen.

No cambian la realidad, pero sí la percepción de la realidad, y al cambiar la percepción cambiamos nosotros, y al cambiar nosotros, de alguna manera, cambia la realidad.

Nos han criado con historias.

Cierto: “Si pasas por debajo de una escalera tendrás siete años de mala suerte” es mucho más poderoso que “si pasas por debajo de una escalera puedes hacerte daño”. Nos mueven las historias, no nos mueven las ideas. Pero no somos conscientes de la historia que nos contamos.

Hay que evitar insultarse a uno mismo.

Mejor “soy una persona dispersa” que “soy un desastre”, tenemos ese poder pero no lo utilizamos. Una vez conté eso de que mi madre estaba en todas partes a un grupo de ingenieros durante un curso. “Eso es mentira”, dijeron.

Qué duros.

“¿Habéis visto porno?, ¿os habéis excitado?”, les pregunté... Sí, contestaron. “Pues es mentira”. Una película de terror es mentira, pero nos da miedo porque le damos credibilidad. Las historias son conjuros que hechizan.

Siempre estamos a tiempo de mejorar nuestra propia historia.

Todo el mundo tiene derecho a tener una infancia feliz aunque sea a posteriori, en lugar de contarte que tu padre era un cabrón, cuéntate que tu padre hizo lo que pudo. Puedes cambiar el significado que le das a lo que te pasó. El lamento no alimenta.

No es muy nutritivo y espanta.

Nos quejamos de lo que no queremos en lugar de pedir lo que queremos. Si los sentimientos estuvieran hechos de palabras, creo que la tristeza estaría llena de peros y la felicidad de y ... Porque no es lo mismo decir “estoy superenamorado pero vive a 300 km” a “estoy superenamorado y vive a 300 km”.

Es mejor ponérnoslo fácil.

Creo que el mejor regalo que podemos hacernos y hacer a los demás es la confianza. Cuando nos preocupamos por alguien a quién queremos, ese alguien lo nota, y lo que transmitimos no es amor sino desconfianza que para el otro se traduce en inseguridad.

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